Crítica: Volumen 22 - Los victorianos

Crítica: Volumen 22 - Los victorianos

En 1887, se envió a inspectores del gobierno a explorar las horribles - a menudo letales - condiciones de vida del Old Nichol, un notorio barrio de 15 acres en el East End de Londres. Entre muchas otras cosas, encontraron que las casas en descomposición de 100 años de antigüedad eran algunas de las propiedades más lucrativas de la capital para sus ausentes propietarios de barrios marginales. Compañeros del Reino, políticos locales, eclesiásticos y abogados estaban obteniendo beneficios de estas trampas mortales de hasta un 150 por ciento anual. En poco tiempo, el Viejo Nichol se convirtió en un foco de atención pública. Periodistas, clérigos, trabajadores benéficos y otros condenaron a sus 6.000 habitantes por su embriaguez y criminalidad. La solución a este 'problema' radica en los campos de internamiento, dijeron algunos, o la emigración forzada, incluso políticas diseñadas para prevenir la reproducción. Concentrándose en los últimos quince años del siglo XIX, The Blackest Streets se desarrolla en un período turbulento de la historia de Londres, cuando la revolución estaba en el aire, cuando el desempleo, la depresión agrícola y la represión de la ayuda parroquial proporcionaron un caldo de cultivo para los comunistas. y anarquistas. Autora del premio The Italian Boy, Sarah Wise explora la vida real detrás de las estadísticas: los carpinteros, los ahumadores de pescado, los vendedores ambulantes y muchos más. Ella excava el Viejo Nichol de las ruinas de la historia, dejando al descubierto las condiciones sociales y políticas que crearon y sostuvieron este agujero negro que se encontraba en el corazón mismo del Imperio.


Opciones de página

"Cuando Gran Bretaña realmente dominaba las olas, en la buena época de la reina Bess", fue la valoración del principal satírico de finales de la época victoriana, WS Gilbert. (Puso estas palabras en boca de un par falso del reino en la ópera cómica 'Iolanthe', que escribió con Arthur Sullivan en 1882).

Lord Mountararat de Gilbert se equivocó. Las hazañas navales en la época de Isabel I se idealizan regularmente y se exagera su importancia.

La Inglaterra de finales del siglo XVI, aunque ganó en importancia bajo un monarca capaz, astuto y despiadado, siguió siendo un actor secundario en el escenario europeo.

El poderío naval de Gran Bretaña no fue desafiado abiertamente en alta mar entre las batallas de Trafalgar y Jutlandia.

Gran Bretaña "realmente dominó las olas" durante toda la vida de Gilbert. Vivió de 1836 a 1911, durante los reinados de Victoria y su sucesor, Eduardo VII.

El poderío naval de Gran Bretaña no fue desafiado abiertamente en alta mar entre la famosa victoria del almirante Horatio Lord Nelson en Trafalgar en 1805 y la Primera Guerra Mundial Batalla de Jutlandia con la armada alemana en 1916.

Durante la época victoriana, Gran Bretaña era la nación más poderosa del mundo. Aunque no siempre sin esfuerzo, pudo mantener un orden mundial que rara vez amenazaba los intereses estratégicos más amplios de Gran Bretaña.

El único conflicto europeo librado durante el reinado de Victoria, la Guerra de Crimea de 1854-1856, contrasta marcadamente con el siglo XVIII, durante el cual los británicos participaron en al menos cinco guerras importantes, ninguna de las cuales duró menos de siete años.

Los victorianos creían que la paz era una condición previa necesaria para la prosperidad a largo plazo.


Tom Mole, Lo que los victorianos hicieron del romanticismo: artefactos materiales, prácticas culturales e historia de la recepción. Princeton y Oxford: Princeton University Press, 2017. Pp. 317. $ 45. ISBN 9781400887897.

El nuevo libro sorprendentemente original de Tom Mole pregunta qué hicieron los victorianos con el romanticismo. Mole ofrece su libro como protesta contra el predominio en los estudios críticos de lo que él denomina 'historicismo puntual', la noción de que una obra literaria se comprende mejor en relación con el momento de su composición o publicación. Pero no es el primer estudiante de la vida romántica después de la muerte. Es el encuadre agresivamente materialista de la cuestión lo que indica la diferencia crucial entre éste y los estudios anteriores sobre la recepción de los románticos a finales del siglo XIX. A Mole no le interesa rastrear la influencia de los poetas románticos en la obra de sus sucesores ni rastrear los caprichos de sus fortunas críticas. En cambio, está interesado en cómo los románticos se acomodaron dentro de las prácticas culturales victorianas. No le preocupa cómo Walter Scott influyó en el desarrollo de la novela victoriana, sino cómo fue conmemorado en un grandioso monumento de Edimburgo, y cómo ese monumento se reprodujo no solo en grabados, sino también en postales y tarjetas de cigarrillos.

Mole prosigue su investigación en cuatro áreas, sólo la última de las cuales ha sido objeto de una atención crítica anterior. Examina las ediciones ilustradas victorianas de poetas románticos, el esfuerzo victoriano por cristianizar a candidatos tan improbables como Byron y Shelley, que aparecen con sorprendente frecuencia en los sermones de los evangélicos victorianos, los monumentos físicos a los poetas románticos erigidos por los victorianos y la representación de los poetas románticos en las antologías victorianas. Las antologías victorianas se han discutido antes, pero Mole, en una prodigiosa muestra de la energía académica que caracteriza a todo el volumen, ha examinado 210 de ellas publicadas entre 1822 y 1900. Su libro abre un nuevo campo académico e inevitablemente deja gran parte de él sin cultivar. Mira cuatro áreas, y otras se sugerirán de inmediato: referencias a los románticos en las pinturas de la Royal Academy, en anuncios comerciales, etc. El suyo es un libro que logra mucho y promoverá aún más.

Tengo algunas salvedades menores. Mole supone que los victorianos y los románticos estaban separados por una brecha generacional a la que los victorianos respondieron incorporando poetas románticos a las tecnologías victorianas, mediante la producción, por ejemplo, de un volumen de fotografías diseñadas para iluminar los poemas de Wordsworth. En términos de Mole, los románticos conservaron su vitalidad cultural solo al ser "remediados". Pero Shelley y Keats, incluso Jane Austen, fueron poco conocidos durante su vida y solo se volvieron culturalmente prominentes en el período victoriano, y Blake apenas fue conocido hasta la biografía de Gilchrist de 1863. Mole supone que los románticos fueron encontrados por sus contemporáneos en los volúmenes que publicaron, y esto puede ser cierto para Scott y Byron, pero no para muchos otros. Cuando Byron le preguntó a James Kennedy si había leído a Shelley, Kennedy admitió que nunca había visto ninguno de sus escritos pero que había encontrado algunos 'extractos' en el Revisión trimestral. Uno de los personajes de Jane Austen comenta que Wordsworth tenía el "alma verdadera" de la poesía, pero sería imprudente inferir de esto que Austen había tenido alguna vez en sus manos un volumen de poemas de Wordsworth. La mayor parte del trabajo que ahora consideramos romántico no fue simplemente encontrado por los victorianos "remediados" de alguna otra forma. Así lo habían encontrado los contemporáneos de los románticos.

En su análisis de las antologías victorianas, Mole emplea una 'metodología cuantitativa' para cuestionar el método 'ejemplar' más comúnmente empleado por los críticos literarios, pero en el resto del libro, Mole es un exponente extravagante del método ejemplar que él aquí mantiene bajo sospecha. Incluye una discusión sobre la relación entre el frontispicio y la página de título, las dos páginas a menudo separadas por una página de papel de seda, en ediciones ilustradas de Byron y Hemans. En el frontispicio, un retrato, a menudo neoclásico, monumentaliza al autor, mientras que la portada presenta una viñeta que evoca la presencia viva del autor. Las dos páginas trabajan juntas para satisfacer las dos demandas contradictorias que los lectores victorianos hicieron de la literatura del pasado. La discusión muestra a Mole en su momento más brillante, y se basa en tres volúmenes, dos de ellos de la misma serie. Cuando Mole trabaja cuantitativamente, la discusión parece, por el contrario, algo seria. Las prácticas de los antólogos victorianos resultan ser casi exactamente lo que siempre se había supuesto. Es algo de alivio cuando Mole vuelve al método ejemplar en una coda brillante que muestra el proceso de remediación en curso en el siglo XXI. Los taxis en la ceremonia de clausura olímpica estaban empapelados con citas fragmentarias y apenas descifrables de 'Ozymandias' y 'Ella camina en la belleza de la noche', y la letra de Byron también proporcionó el texto para el peatón escurridizo del artista de graffiti Arofish estampado en varios edificios de Londres fuera del estadio. Lo que los victorianos hicieron del romanticismo es un gran logro.


Altas mentes: los victorianos y el nacimiento de la Gran Bretaña moderna por Simon Heffer - revisión

Hay algo muy victoriano en el libro de Simon Heffer sobre los victorianos. Con casi 900 páginas, emana confianza en su gigantesca tarea, que es explicar cómo surgió la Gran Bretaña moderna a mediados del siglo XIX. Altas mentes Brunel está ceñido con tanta fuerza como un puente y hay arbotantes que emocionarían a Ruskin. La voz de Heffer es la de un maestro de escuela irritable que intenta introducir datos en una clase de pilluelos que preferirían estar robando bolsillos. Sin embargo, lo más victoriano de todo es su actitud hacia su propia construcción del pasado, que sigue siendo, en todo momento, dolorosamente seria.

El foco de Altas mentes es el período comprendido entre 1840 y 1880 en el que Gran Bretaña se transformó de un lugar pintoresco, bárbaro y tambaleante en una nación democrática y civilizada en la que es halagadoramente posible distinguir los comienzos de nuestra época. Al comienzo del período hay cólera, rotura de máquinas y niños de ocho años cayendo minas, un Oliver Twist paisaje de desesperanza y narices sucias. Al final, cuando Gladstone comienza su segundo mandato en el poder, hay ayuntamientos, hospitales, mujeres casadas con propiedades propias y estómagos llenos por todas partes.

Podría explicar esta transformación de muchas maneras, pero Heffer ha decidido seguir el ejemplo de Thomas Carlyle, sobre quien escribió una biografía hace casi 20 años. Carlyle creía que "la historia del mundo no es más que la biografía de grandes hombres", y Heffer organiza su narrativa en torno a las carreras intelectuales y políticas de una serie de grandes victorianos como Peel, Gladstone, Carlyle, Shaftsbury, Prince Albert y, más arriba todos, Thomas y Matthew Arnold.

De hecho, toma la audaz decisión de utilizar a Thomas Arnold, el director reformador de Rugby, como tema de su prólogo. Arnold (abajo) no es el tipo de hombre que esperas encontrar iniciando un libro sobre los victorianos dirigido al lector en general. Por un lado, murió en 1842, cuando la reina solo tenía cinco años de reinado. Por otro lado, su área de especialización, educar a los hijos de los razonablemente acomodados, tiene que ser, si no exactamente un interés minoritario, no un placer para la multitud. Pero rápidamente queda claro que Heffer ve a Arnold como la víctima emblemática de sucesivas oleadas de anti-victoriano que se apoderaron de Gran Bretaña en el siglo XX, derrocando héroes y manchando reputaciones. Y ahora Heffer cabalga al rescate, como un caballero salido de una de las fantasías feudales de Walter Scott, para corregir los errores y restaurar el orden moral.

El primer y mayor golpe aterrizó en la mandíbula prominente de Arnold en 1918 cuando Lytton Strachey lo seleccionó como uno de sus "eminentes victorianos" y luego procedió a cortarlo a su tamaño (literalmente, Strachey insistió, sin evidencia, que las piernas del gran hombre estaban demasiado corto para su cuerpo). La agotadora seriedad de Arnold, su deseo de convertir la vida en una batalla temblorosa entre el bien y el mal, incluso su muerte de angina a la edad de 46 años de alguna manera se volvió divertida una vez que se tamizó a través de la fina malla del ingenio de Strachey. En consecuencia, el buen doctor atravesó el siglo XX cojeando como el aburrimiento más espantoso, apareciendo en adaptaciones de pantalla de Días escolares de Tom Brown armado con una serie de homilías morales pronunciadas en un bajo profundo en pleno auge durante la capilla del domingo por la mañana.

Heffer explica el asesinato del personaje de Strachey en términos del resentimiento del Bloomsbury de ser intimidado en su propia escuela pública, y luego procede a restaurar al director de Rugby a sus proporciones legítimas. Sobre todo, hizo que toda una generación de jóvenes privilegiados se diera cuenta de que tenían el deber moral de trabajar por el bien de los demás. Mientras los etonianos de élite continuaban dando vueltas en su propia inmundicia moral, los rugbeianos subalternos estaban siendo entrenados para una vida seria, generosa y, cuando era necesario, abnegada. Fue esa energía moral, difundida a través de los protegidos de Arnold en la generación siguiente, la que transformó el espíritu victoriano temprano de los codos afilados en una cultura de mediados de siglo de excelente servicio público.

Entre esta segunda generación de arnoldianos, nadie se esforzó más por difundir el evangelio de Ser serio que el propio hijo del médico. En Cultura y anarquía, Matthew Arnold instó a la nación a adoptar la "dulzura y la luz" de la civilización clásica para suavizar el crudo utilitarismo de ese otro doble acto de padre e hijo, James y John Stuart Mill. Dejado a los Mills, Arnold advirtió que Gran Bretaña se transformaría en un páramo contador de frijoles donde los pedantes dignos se afanarían por tratar de crear la mayor felicidad para el mayor número sin tener ni idea de la maravilla y la alegría. Podrías cambiar la ley, dar el voto a la gente, incluso proporcionar educación a las clases trabajadoras, pero todo lo que terminarías con un espíritu de ayuntamiento lúgubre donde todos pensaban lo mismo. Arnold tenía una palabra para ello, filistinismo, y, por snob que era, pensó que probablemente hablaba con acento de Manchester.

Hasta ahora Carlylean. Más interesante, porque más inesperado, es la atención que Heffer presta a los victorianos que no llegan al grado de mentes elevadas o héroes. Como un Arnold de los últimos días, Heffer estudia detenidamente sus informes de fin de trimestre, agregando comentarios y revisando el orden de la clase para reflejar una clasificación más real. Por ejemplo, el historiador JA Froude, a quien nadie lee ahora, produjo "una de las grandes obras del siglo XIX" y merece estar por delante de Macaulay. Arthur Hugh Clough podría haber sido un contendiente, pero arruinó las cosas al estar demasiado nervioso por su propio bien. Luego están los victorianos que nunca iban a ser capitanes de casa pero, sin embargo, jugaron un papel fundamental en la transición de Gran Bretaña a la modernidad. En esta categoría viene George Gilbert Scott, (el arquitecto del St Pancras Midland Grand Hotel y el Foreign Office), Henry Cole (un entrometido que inventó la tarjeta de Navidad como una rama del Penny Post) y Robert Lowe (el secretario del Interior albino de Gladstone que introdujo el "pago por resultados" para los maestros de primaria).


Queers, erotomaniacs y victorianos

Cualquier historiador que analice una novela histórica está destinado a parecer un poco pedante, dando una pala al suflé proverbial, pero aquí va. Por supuesto, sería una tontería empezar a medir Fingersmith contra las fuentes históricas 'reales', ya que no es mi trabajo aquí exigir que sea 'más auténtico', más como los relatos históricos reales presentados por Ian Gibson y similares, sino examinar las razones por las cuales ciertas historias sobre el pasado y no otros han pasado a primer plano. La principal razón por la que los motivos de Fingersmith son tan familiares y perdurables, creo, es que a pesar de toda la propaganda del historiador profesional, nuestra visión del pasado victoriano debe mucho más a su herencia literaria que a cualquier nota a pie de página erudita.

Esto se demuestra por el hecho de que Fingersmith fue parte de una ola de ficción "neo-victoriana" que surgió en la década de 1990, e incluye a Michel Faber El pétalo carmesí y el blanco (2002) y las otras dos novelas victorianas de Waters Inclinar el terciopelo (1999) y Afinidad (2002), aunque desde entonces ha pasado a la década de 1940 (La ronda de noche, y El pequeño extraño). Estos libros se caracterizan por una especie de pastiche: no intentan ocultar su material original (Dickens, Mayhew, la novela de sensaciones, la investigación social, la crítica literaria académica), sino que hacen alarde de su ficticia y la usan con orgullo como una insignia de honor. , una especie de homenaje a la Sra. Braddon et al. Esta actitud, ejemplificada por la jerga plausible pero inventada que forma sus títulos, es un intento de habitar en lugar de trascender las propias fuentes, de hacer la ficción victoriana con la mayor fidelidad posible, pero de incluir las partes que no se pueden decir o representar en el tiempo, añadiendo así una sensibilidad moderna. Mal hecho, como en la reciente adaptación de la BBC de la novela de Faber, el resultado puede parecer una serie de clichés góticos colocados de punta a punta: esposa desesperada de clase media asfixiada por la domesticidad - chequear malvado paterfamilias burguesas manteniendo prostituta secreta / persiguiendo la doble vida - cheque loco mujer en el ático, oa punto de ser confinada allí - comprobar médicos locos a punto de realizar horribles procedimientos a dicha loca - comprobar sexualmente reprimido evangélico hipócrita moral - comprobar doppelgangers casa oscura y sombría en el país suplantación cartas robadas niebla comprobar, comprobar, comprobar. El punto no es negar que estas cosas sucedieron o existieron en el siglo XIX, sino más bien investigar por qué estos tropos e historias particulares, y no otros, han demostrado ser tan increíblemente duraderos. ¿Por qué necesitamos que los victorianos sean los terribles hipócritas que imaginan estas novelas? ¿Por qué exigimos que estas cosas sean el signo eterno de "lo victoriano"?

Fingersmith comienza en una guarida de ladrones en el distrito de Londres. Sue Trinder, una huérfana cuya madre, supuestamente, había sido ahorcada por asesinato, es una orfebrería, una carterista. Vive en la casa de la Sra. Sucksby, una criadora de bebés y la gobernante matriarcal de su pequeña pandilla. Sue es empleada por el gentil estafador Richard Rivers (conocido como "Gentleman") en un plan para defraudar a una heredera, Maud Lilly, de su herencia. Ella debe ir a la casa de Maud en el campo, convenientemente sombría, como su doncella, para ganarse su confianza y actuar como acompañante mientras Rivers, que enseña a Maud a dibujar, la seduce y se la lleva. Después de haberse casado con ella, Rivers dice que luego encarcelará a Maud en un asilo y le robará el dinero, dándole a Sue su parte. Sin embargo, Maud no es una heredera cualquiera. Su tío, Christopher Lilly, es un coleccionista obsesivo de erótica y emplea a Maud como su asistente. Todos los días lee libros de su biblioteca para que él pueda recopilar una bibliografía exhaustiva de actos y perversiones sexuales. La conspiración se complica por el hecho de que Sue y Maud se enamoran lentamente, pero esto no impide que Sue cumpla con su parte del trato con Gentleman. Esta sección de la historia se cuenta desde la perspectiva de Sue, y sentimos que conocemos esta historia con todos sus tropos góticos, pero la brillantez de Fingersmith es que plantea los temas de la ficción de sensaciones principalmente como una forma de adormecer al lector en una especie de falsa seguridad. Conocemos esta historia, y pensamos que este protagonista, así como Sue está tan segura de sí misma y tan segura de lo que está sucediendo. Estamos tan inmersos en el punto de vista de Sue, tan familiarizados con él, que la repentina demostración de que no todo es lo que parece es tanto más eficaz.

Cuando Sue y Gentleman llegan al manicomio donde Maud será sepultada, es la doppelganger Sue, y no Maud, quien es llevada para ser encerrada. Resulta que todo el plan ha sido ideado por la Sra. Sucksby con Sue, no Maud, como chivo expiatorio. Lo ha hecho porque es Maud, y no Sue, quien es su verdadera hija. Diecisiete años antes, la Sra. Sucksby había ayudado a una dama llamada Marianne Lilly a dar a luz a una hija ilegítima. La moribunda Marianne se desespera ante el destino que le espera a su hija: ser reclamada por su familia y confinada para siempre en las trampas de la gentileza. Hace un trato con la Sra. Sucksby: intercambiarán bebés. Así que la Sra. Sucksby envía a su propia hija, Maud, a vivir una vida de lujo enervante con los Lilly en el campo, mientras que la hija de Marianne (Sue) permanece en el distrito. Para reclamar la fortuna de Lilly, que llegará a Sue a su debido tiempo si se descubre su verdadera identidad, la Sra. Sucksby tiene que reclamar a su propia hija (Maud) e involucrarla en la trama, además de enviar a Sue (la verdadera heredera) al manicomio. Sue está encerrada, pero se escapa gracias a ese stand-by de la novela de sensaciones, la improbable coincidencia. Ella regresa al municipio y se enfrenta a la Sra. Sucksby, Maud y Gentleman. Hay una pelea y Gentleman es apuñalado fatalmente, no está claro quién, Maud o la Sra. Sucksby, pero la matriarca admite su culpabilidad para salvar a la hija que ha llegado a amar, es arrestada y ahorcada. Sue finalmente descubre la verdad, pero de un humor increíblemente indulgente, regresa con Maud (que ahora ocupa la casa en ruinas en el campo). Se declaran el amor mutuo y se comprometen a vivir en el futuro escribiendo la misma pornografía que Maud se había pasado la vida recitando.

No quiero sugerir que Waters sea un prisionero de los historiadores, y mucho menos que ellos, como la señora Sucksby, se escondan detrás de cada giro narrativo. Sin embargo, es interesante cómo la historia académica ha contribuido a esta particular visión de lo victoriano. El amor entre Sue y Maud es un buen ejemplo. Aunque Waters es a veces encasillada perezosamente como escritora de 'romances lésbicos', su trabajo se basa en una lealtad tácita a suposiciones históricas particulares que pertenecen a lo que Alan Sinfield llamó el 'momento queer': la idea de que, en la década de 1990 y desde entonces, el la fijeza de la identidad sexual y su historia se puso de repente en tela de juicio. Este giro reflejó la centralidad de Michel Foucault en nuestra idea de la historia moderna, en particular su visión de que los confines de la identidad sexual - la supuesta solidez de homo y hetero - fueron una invención relativamente reciente del siglo XIX. Antes de eso, la implicación era que tenía que haber un período "antes de la identidad", que paradójicamente era menos limitado que el presente. Dejando a un lado lo correcto o no de Foucault, está claro que la época victoriana juega este papel - el pasado como un lugar de libertad paradójica - en las novelas de Waters. Otra influencia notable es la historiografía inspirada en la compendiosa historia del lesbianismo de Lillian Faderman desde el Renacimiento. Pasando el amor de los hombres(1) Ella, y quienes la siguieron como Sharon Marcus, argumentaron que debido a que no se pensaba que las mujeres victorianas poseyeran una sexualidad activa e independiente, la idea del lesbianismo era inherentemente inverosímil en muchos sentidos (aunque esta idea ha sido analizada críticamente por Martha Vicinus en su libro de 2004 Amigos íntimos (2)). Siguiendo el relato de Foucault, Faderman sugirió que esto significaba que en el mundo homosocial de la mujer victoriana, era posible que el amor entre personas del mismo sexo se desarrollara sin que nunca atrajera la etiqueta de patología (o de hecho ninguna etiqueta). El amor mutuo de Maud y Sue sigue este patrón, con la importante diferencia de que no son castas, como sugiere el relato de Faderman que podrían haber sido. Sin embargo, no son conscientes de nada tan burdo como la identidad sexual y, en cambio, su amor se desarrolla de forma natural a partir de la proximidad cotidiana, como compartir la cama. "Es sólo que estamos juntos tanto tiempo, en tal reclusión", dice Maud, engañándose apenas a sí misma, "Estamos obligados a tener intimidad" (p. 252). Esta libertad implica una forma de autocreación, porque si no hay un patrón a seguir, debe inventarse. Este también es uno de los tropos de la historia y la teoría queer, cuyo principio es subvertir las nociones de identidad. De hecho, la naturaleza indeterminada del apego de Sue y Maud, el hecho de que no tenga un nombre, se registra en la novela por el uso insistente de la palabra 'queer' en todas sus formas para describir estados extraños y desconocidos: la gente se mueve 'extrañamente'. ', haga' preguntas extrañas ', tenga sentimientos extraños, mientras suceden cosas extrañas.

Estas suposiciones extrañas amenazan con hacer dos cosas: en primer lugar, pueden hacernos proyectar anacrónicamente un hábito de autoinvención de fines del siglo XX hacia el pasado y convertir a quienes parecen hacerlo en el objeto de nuestras historias. En segundo lugar, puede permitirnos imaginar a personajes como Sue y Maud como de alguna manera fuera de la historia y el discurso, habitando en cambio un mundo de autocreación casi pura. La narración inicialmente segura de sí misma de Sue y su manera inteligente de usar candados y billeteras, así como su desdén por los verdaderos sirvientes de Maud atrapados en un mundo de servilismo y jerarquía mientras vive una vida 'sin amos' (p. 38), parece al principio ser una historia así. Sin embargo, las inversiones de la novela alteraron hábilmente estas reconfortantes posibilidades y posibles excesos: Sue y Maud no están al mando de sus propias historias. Después de todo, están sujetos a la historia, aunque al final del libro parecen estar escapando de ella una vez más.

Si bien los protagonistas gemelos de la novela son invenciones en más de un sentido, el tío de Maud se basa conscientemente, aunque muy libremente, en una persona real: el bibliógrafo del erótico Henry Spencer Ashbee, también conocido como Pisanus Fraxi, cuya vida se narra en Ian. La biografía de Gibson. El contraste entre el tío de Maud, una figura sacada del gótico, y el obsesivo catalogador Ashbee, nos dice mucho sobre lo que queremos de las historias victorianas. Ashbee era hijo del gerente de una fábrica de pólvora de Hounslow que se casó bien con la hija de un rico comerciante y se unió a la empresa familiar. Sus extensos viajes de negocios en Europa y América le permitieron seguir su vocación bibliomaniacial: coleccionar libros, incluyendo cantidades de erótica y pornografía. Este trabajo dio lugar a la producción de dos bibliografías masivas: la Index Librorum Prohibitorum (1877), un registro de erotismo, y el más convencional Centuria Librorum Absconditorum (1879), el primero elaborado a partir de una vasta colección de textos raros y eróticos traídos principalmente en sus viajes de negocios. Gibson también especula que el talento de Ashbee para lo exhaustivo lo convierte en un candidato probable para la autoría del bore-athon pornográfico anónimo de 11 volúmenes. Mi vida secreta (hacia 1888–95).

Gibson presenta a Ashbee como el ejemplo clásico de una doble vida victoriana. Mantuvo un hogar respetable en Bloomsbury, mientras que al mismo tiempo tomó una oficina a unas pocas millas de distancia en Gray's Inn para almacenar sus libros y trabajar en su bibliografía sobre lo erótico. También pudo haber tenido una hija ilegítima, una beneficiaria clave de su testamento. Socializó con otros bibliófilos y libreros, incluidos los grandes expertos en literatura de veneración, Richard Monckton Milnes y Richard Burton, ambos miembros del Cannibal Club, una sociedad informal dedicada a consumir y curar lo pornográfico. Para Gibson, la vida de Ashbee es una prueba prima facie del hecho de que ocultaba algún tipo de perversión secreta, ya fuera "erotomanía", amor por la flagelación o masturbación excesiva. Por lo tanto, Gibson se esfuerza por presentar los viajes de Ashbee como búsquedas eróticas, destacando su admiración por las bailarinas españolas o las damas indias, y viendo su hábito de marcar cruces en su diario como un posible registro secreto de masturbación. A este respecto, Gibson se esfuerza por ubicar a Ashbee como uno de los Otros victorianos (3), libro que utiliza como principal guía del territorio. Marcus argumentó, famoso, que lo pornográfico era sintomático de una sociedad que pensaba cada vez más en el sexo como un dominio de conocimiento distinto y separado, y que lo pornográfico era, por lo tanto, útil como un espejo de las actitudes morales oficiales.

Enloquecedor para Gibson y para nosotros, los diarios de Ashbee no contienen nada sobre sus motivaciones personales. En cambio, se muestra malhumorado, irascible y obsesivo. En sus viajes es estafado por americanos aburridos, odia a los árabes, deplora la rudeza de los franceses (característicamente fallan, mientras estuvo en Rouen, en decir algo sobre Madame Bovary), y es la imagen misma de un conservador anticatólico. De vuelta en casa, el paterfamilias burgués aliena a su sensible hijo, el pionero de las artes y la artesanía y el homosexual Charles, entre otras cosas, reprendiéndolo severamente por llevar un canotier de paja y franelas a la oficina. A pesar de todos los esfuerzos de Gibson por demostrar que Ashbee estaba escondiendo algún secreto fascinante o una compulsión reveladora, con frecuencia se presenta como un inculto y de clase media estrecha, su fascinación por la erótica impulsada por poco más que la manía de un coleccionista: la necesidad de enumerar y obtener cada ejemplo de lo que quería. Esta característica se demuestra en el trabajo posterior de Ashbee, un intento igualmente obsesivo y laborioso de poseer cada ilustración para Don Quixote. Es este intento de catalogar todo lo que hace de Ashbee un autor plausible de la interminable Mi vida secreta.

Lo que hace interesante a Ashbee no es si fue el autor secreto de una obra maestra pornográfica, sino simplemente su deseo más bien mundano de compilar y recopilar: es eso lo que lo convierte en un topógrafo típicamente moderno de lo sexual. Para un obsesivo como Ashbee, la pornografía era el idioma ideal. Es moderno e industrializado, aburrido y repetitivo, una cuestión de enumeración, enumerando y marcando todos los actos requeridos, partes del cuerpo, posiciones y perversiones. Incluso él admitió que su empresa tendía de esta manera y que gran parte de lo que leía era "aburrido e insípido". En ese sentido, Ashbee es una figura de transición de una antigua cultura libertina de educación erótica, una especie de ars erotica en el que pequeños grupos de hombres de élite se reunieron para celebrar su priapismo e investigar el cuerpo femenino, a uno más moderno de ambición y clasificación científica. Por tanto, no es casualidad que su obra se convirtiera en la base de la sexología e historia posteriores, y que fuera consultado por los primeros sexólogos como Iwan Bloch, ya que compartía su objetivo de compilación enciclopédica. La vida de Ashbee también es un valioso correctivo para las imágenes góticas de Fingersmith. A diferencia del señor Lilly, y a pesar de las oficinas separadas en Gray's Inn, Ashbee no se encerró en una pila gótica, sino que vivió en el mundo, y no había forma de que pudiera haber recolectado tal volumen de erótica mientras estaba en el armario de esa manera y sin su extensos vínculos europeos (aunque en la novela el señor Lilly tiene algunos habitantes dudosos de Holywell Street para ayudarlo con eso). Como Lynda Nead y otros han tratado de mostrar, el problema de la pornografía en la Gran Bretaña victoriana no era que estuviera escondida, sino que era demasiado pública y, gracias a la expansión de la impresión barata, demasiado disponible.

En ese sentido, se podría señalar, pala en mano, que muchos de los tropos a los que dio nueva vida la novela neo-victoriana y sus versiones televisivas en realidad parecen un poco gastados. Admito que dije que trataría de evitar este tipo de comparación, pero hay que hacerlo, aunque solo sea para proporcionar alguna perspectiva sobre el poder de la ficción para dictar la visión del victorianismo. For instance, the idea that sane women were routinely incarcerated in asylums for harmless moral infractions owes more to the sensation novel than the historical record, and derives its popularity from a few scare stories associated with the women’s movement that were later employed in books like Elaine Showalter’s The Female Malady.(4) One of the most notorious of these cases was that of Edith Lanchester, who was confined by her family in 1895 for taking up with a railwayman, and therefore seems to fit the Victorian pattern, but who was in fact released four days later as the result of public outrage. While not disputing that it happened in isolated cases, historians like Andrew Scull have questioned whether women (sane or otherwise) suffered from the ‘great confinement’ that Showalter outlines any more than men did. Similarly, although women were thought prone to hysteria that might be linked to their reproductive system, and were threatened with hair-raising surgical treatments, these were rarely if ever carried out, and, in any case, horrific medical procedures and ideas were hardly confined to the treatment of women. It is therefore surprising that tropes like the looming mad-house and the sinister mad-doctor have died so hard.

The continuing passion for the neo-Victorian, and for its familiar stories and characters, represents our unending compulsion to find the secret heart of Victorianism. Their surreptitious ways and inexplicit desires encourage the idea that our crinolined forebears are hiding something vital that will in the end be known, that in spite of their evasions, we can ‘really know’ what they are about. Just like the hidden library at the heart of the old, dark house where Mr Lilly transcribes his bibliography, or the revelations of Mrs Sucksby, we imagine that this secret is there, and that when we find it we will know all. But as Gibson shows, Ashbee, like many other Victorians, is not really hiding anything in the depths of his psyche – his only passion is the will to know, or to list. In spite of that there is still a steady demand for sensation, and for the imagined certainty that is ours alone.


‘The Secret Life of the Savoy’ Review: A Victorian Confection

The Savoy Hotel in 1905.

In 1889 the impresario Richard D’Oyly Carte opened a hotel the likes of which had never been seen. The Savoy was the ultimate in elegance and style, the antithesis of Victorian stuffiness. D’Oyly Carte, the backer of Gilbert & Sullivan’s comic operas, built it in London with profits from “The Pirates of Penzance” and “The Mikado.” There were 400 guest rooms, a cocktail bar, private baths with hot and cold running water, electric light, and two grand elevators he called “ascending rooms.” There was even outdoor dining on a terrace by the Thames (Monet and Whistler painted the view across the river from their rooms).

In her lively “Secret Life of the Savoy,” Olivia Williams, the author of “Gin Glorious Gin” (2014), has unearthed a wealth of fascinating details about three generations of the eccentric, secretive D’Oyly Carte family, owners the hotel for nearly a century. Richard, the patriarch, knew how to create a sense of belonging and excitement for his guests, a cosmopolitan group that included aristocrats, royalty, bankers, and stars of the theater and opera. Even unchaperoned women were admitted (except those of “doubtful reputation and uncertain revenue”), and formal evening dress was de rigueur.

Ms. Williams writes that Richard understood what newly rich middle-class Victorians wanted because he was one himself. His glamorous last name belied a humble background. He began life in poverty, living with his parents in the decrepit Soho townhouse where Thomas De Quincey wrote “Confessions of an English Opium-Eater.” But soon the family’s fortunes blossomed with the success of his father’s musical-instrument business. Richard became a talent agent and entrepreneur, going into partnership with dramatist William Gilbert and composer Arthur Sullivan, with whom he produced 13 operas.

In 1881 Richard made headlines when he opened the Savoy Theatre, the first building lighted entirely by electricity. The audience cheered when the lights went on. One newspaper reporter, however, complained that they gave a “ghastly look” to those “plastered dames” attempting to conceal the “ravages of time.” The opera was “Patience,” a satire on the aesthetic movement whose main character was based on one of Richard’s clients, Oscar Wilde.

To promote the touring company of “Patience,” Richard sent Wilde on a lecture tour of America. Ms. Williams writes that the author delighted his audiences. When he described the pictures of Botticelli, Wilde recalled, “the name seemed to them like a new drink.” Upon his return he moved into the Savoy with his lover Lord Alfred Douglas, and before long the hotel was faced with its first major scandal. In 1895, Wilde was convicted of “gross indecency” for bringing “rent boys” to his room to drink champagne and dine on turtle soup.


Britain at the Turn of the 20th Century Was Dealing With a Lot, Badly

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THE AGE OF DECADENCE
A History of Britain, 1880 to 1914
By Simon Heffer

“What fools we were,” King George V told his prime minister, Ramsay MacDonald, in 1930, looking back to the era before World War I. In the context of the wartime catastrophe his generation had delivered, the king may have had a point. That was the time of Rudyard Kipling’s “long recessional” and A. E. Housman’s “land of lost content.” Arthur Balfour, prime minister from 1902 to 1905, lamented “some process of social degeneration” that “may conveniently be distinguished by the name of ‘decadence.’” Joseph Chamberlain, the most charismatic politician of the late-Victorian age, put it more pithily. “The Weary Titan,” he said in 1902, “staggers under the too vast orb of its fate.”

For many Americans today, perhaps fearing late-stage decadence and their own Weary Titan, this story may strike close to home. For in Simon Heffer’s telling, the history of Britain from 1880 to 1914 is one in which “a nation so recently not just great, but the greatest power the world had ever known, sustained in its greatness by a rule of law and parliamentary democracy, had begun its decay.”

“The Age of Decadence” is a successor volume to the same author’s well-regarded “High Minds: The Victorians and the Birth of Modern Britain” (2013), which charted Britain’s rise to “greatness” in the earlier part of the 19th century. Heffer picks up here with Gladstone taking over the premiership from his great rival, Disraeli, in 1880, then guides us through the high-Victorian era into the 20th century with the accession of King Edward VII in 1901. He ends in 1914 with Britain facing an unhappy choice between a European war with Germany and a civil war in Ireland. He wisely does not include the origins of the world war substantively in this volume (his book on this topic has just been published in Britain). In such a way he avoids the teleological danger of making everything in Britain about the war as the country hurtles toward some kind of inevitable abyss. In fact, until the last moment, even after the assassination of Archduke Franz Ferdinand, Ireland seemed the more important priority for Britain.

There are many pleasures to be had in this fine book, not the least of which is the vivacity of Heffer’s prose. A columnist for The Sunday Telegraph as well as a historian, he writes elegantly but punchily, combining seriousness with welcome flashes of waspishness that stop things from getting stuffy. Pointing, for example, to the socially entitled Virginia Woolf’s sneering at a fellow novelist, the shopkeeper’s son Arnold Bennett, Heffer notes that her put-downs “had him written off for much of the 20th century by generations of university lecturers and critics, who confused snobbery with literary criticism.” That, as they say, is a twofer.

Heffer has little interest in debates among historians on the period, but unlike many general surveys of this kind, he does not rely just on secondary literature and makes excellent use of wide-ranging archival research. That approach gives the book a fresh perspective, although not necessarily a new one. What is striking about “The Age of Decadence” is that it brings us full circle to the view the late Victorians and Edwardians so often had of themselves and it echoes George Dangerfield’s seminal 1935 book “The Strange Death of Liberal England,” which evocatively depicted how “by the end of 1913 Liberal England was reduced to ashes.” In Heffer’s telling it is perhaps less ashes to ashes than an overripe piece of fruit rotting and putrefying in front of our eyes.

”The Age of Decadence” is a masterpiece of pacing. After an amiable perambulation with the last of the Victorians, we build to a frantic cliff-top scramble as the Edwardians lose their grip on events and themselves. The book culminates in three powerful chapters on the suffragists, industrial unrest and the threat of civil war in Ireland. By the final pages, Heffer has skillfully conjured a country in chaos and heading over the edge. The prime minister, Herbert Henry Asquith, had “rarely felt more hopeless” and by July 1914 believed the United Kingdom had reached “an impasse, with unspeakable consequences.” The Lord Mayor of Liverpool told the Earl of Derby he feared “a revolution is in progress.” In the circumstances, a war with Germany looked to many like the easy option.

Heffer has no hesitation in pointing the finger of blame at the complacent, “swaggering” late-Victorian and Edwardian elites who ran the show in these four decades. From 1880 “until the apocalypse came in 1914,” he writes reprovingly, “there was among the upper and upper-middle classes a resting on laurels a decision, literal and metaphorical, to live off dividends rather than work that little bit harder and improve more.” The end result: “Britain was diminished” and “British power was in decline.”

Heffer warns us against “the pornography of nostalgia,” but still, there are other ways to see the Edwardians. Perhaps this period was not one of Thomas Hardy’s times “when all went well,” but the Edwardians certainly meet Arnold Bennett’s criterion of being “identified with the great cause of cheering us all up.” Everything was brighter, faster, more fashionable. With the growth of cinemas, gramophones, telephones and the first 100-miles-per-hour trains for trips to the seaside, Edwardians for the most part had more fun than those stern Victorians. Thanks to advances in medicine and nutrition, people in Britain lived longer (unless they found themselves in the wartime trenches). And everyday life also improved. If this was an era of revolt, it was also one of radical reform, with a long reach into all areas of society from cradle to grave. The daily existence of the working classes on whose backs much of the wealth of the previous century had been built was enhanced immeasurably by a battery of social, industrial and educational legislation. Liberal reform culminated in the comprehensive 1911 National Insurance Act — one of the most important pieces of legislation of the 20th century and one that remains a foundation of the British welfare state and National Health Service.

Regarding decline as a world power, everything is relative. Twentieth-century Britain overcame rival empires, fought and won two cataclysmic wars and twice reconstructed the world order in its own image. The British retreated from empire once its corrupting decadence became manifest. Historians of other empires might ask whether the Edwardians were any more degenerate than the French of the Third Republic, or imperial Germans, Russians, Ottomans, Iranians and Chinese. Certainly Britain was eclipsed by the United States but arguably there was not much the Edwardians could have done about the rise of a vast, resource-rich continental power that unlike its other rivals was reasonably well governed. Today Britain remains one of the half-dozen richest countries in the world with a cultural and political impact that far exceeds its size. Much of its good fortune is rooted in the legacy of those Edwardians who, as H. G. Wells put it, saw “The Shape of Things to Come.”

So perhaps in the end the dutiful King George V only had it half right. For while they were often foolish, the Edwardians were no fools.


A Corporeal History of the 19th Century

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VICTORIANS UNDONE
Tales of the Flesh in the Age of Decorum
By Kathryn Hughes
Ilustrado. 414 pp. Johns Hopkins University Press. $29.95.

The average biographer peers into a Great Man’s mind. Kathryn Hughes’s “Victorians Undone: Tales of the Flesh in the Age of Decorum,” in contrast, narrates the lives of five body parts: the stomach of one of Queen Victoria’s ladies-in-waiting, “suspected of expecting” Charles Darwin’s unfashionable beard, which turns out to provide a key to his theory of sexual selection George Eliot’s right hand, larger than her left thanks to a youth spent milking cows the “bee-stung” lips of Dante Gabriel Rossetti’s mistress and the dismembered corpse of a working-class girl onto whose severed foot a late-19th-century shoemaker stumbled in a Hampshire hop garden.

While microhistorians have long zoomed in on individual case studies, Hughes pinpoints her subjects even more narrowly. Her method is laparoscopic, sectioning off bits of bodies as ruthlessly as did the Hampshire murderer. Her ultimate question, though, is a broad one: How did the Victorians understand the interplay between mind and body?

Consider Darwin’s beard — or, more precisely, beards, since Darwin’s progress through decades and hemispheres was marked by growing, grooming and shaving off a series of different styles. Mustachioed hipsters may be happy to learn that facial hair spent the first half of the 19th century as the marker of rabble-rousers, artists and derelicts. It was only when Crimean War veterans set the fashion that experts began recommending beards to ward off frostbite, sunburn and air pollution, not to mention mumps and toothache. A beard could also hide a man’s unmanly expressions of emotion.

Darwin himself supplemented his erstwhile comb-over late in life, after realizing that a morning shave exacerbated his eczema. And beardedness continues to flatter him in the 21st century. In 2000, Darwin replaced Dickens on 10-pound notes — one reason, Hughes reveals, was that the naturalist’s extravagant whorls of hair are harder to forge than the “door knocker” the weak-chinned Dickens grew after the rise of photography made it impossible for him to avoid being depicted in profile. (Until recently, when Darwin was himself replaced by Jane Austen, if you’d taken a tenner out of your wallet you’d have seen the hirsute naturalist looking uncannily like an ape.) Struggling to explain where beards fit into his theory of sexual selection, Darwin posited that because facial hair is lighter than the hair on men’s heads, “our male apelike progenitors acquired their beards as an ornament to charm or excite the opposite sex” — the equivalent of a peacock’s tail.

From Civil War re-enactments to paleo diets, today’s subcultures often try to recreate the bodies of bygone eras but rather than celebrating Victorian heads and hands and waistlines, Hughes rubs our noses in their strangeness. She interweaves the Victorians’ writings about body image with their nonverbal habits — whether they groomed themselves or paid a barber for a shave, what muscles they used to lift a pail or squeeze an udder.

Don’t let the title fool you: This is not a book about sex. Rarely lustful or repressed, these Victorians were more often embarrassed, uncomfortable, self-conscious or vain. Hughes’s blow-by-blow accounts of bowel movements, menstruation, menopause, pores and salivary glands shouldn’t be mistaken for celebrity gossip or scatological humor — though it takes guts, so to speak, to depict courtiers fat-shaming one another and guesstimating who had missed a period. Instead, her focus on the body topples great figures from their pedestals. We hear less about the words that emerged from Victoria’s mouth than about her failure to zip her lips while chewing nothing about the visionary images sparked by Coleridge’s opium addiction, but plenty about his resulting constipation. Made rather than given, these bodies tell an engrossing story about the culture that fashioned them.


History in Focus

Although by far the oldest and most numerous ethnic minority in Britain, the Irish have received relatively little attention within British social history or indeed the sociology of migration, race and ethnicity. The literary disciplines have for too long been the focus point of Irish Studies and it seems the historical importance of this large, mobile, ethnic and (on the whole) religiously distinct group has been somewhat neglected. At this time, the field is developing with new researchers becoming interested in this moderately "invisible" group. The Irish in Victorian Britain has been addressed in two previous volumes, and now this new book of essays, by Roger Swift and Sheridan Gilley. Their first collection of essays entitled The Irish in Victorian City (1985) presented an eclectic collection of what was then a relatively new subject area having only been covered substantially in the post-war period by one monograph from J. A. Jackson (who in many ways set the template for this field of study) and two local studies from London and Leeds. That book provided a classic overview of the subject by M. A.G. Tuathaigh before moving into what became familiar themes within the subject. Inherent within the historiography was the view that the Irish community in Britain as subaltern subjects, problematised, criminalised, suffering from various forms of discrimination and delineated as mainly poor Catholic males. That book discussed issues of integration and assimilation, political engagement with working class politics and the media, anti-Irish violence and the use of the "Orange Card" for electoral advantage by the Conservative and Unionist Party in local elections - a historical tendency that is as relevant today within as it was in the 1850s and 60s especially if we consider the refugee status of those Irish fleeing the privations of the Great Famine. Another important strand of that first volume was the significance of the Catholic Church to the migrant Irish community a significant theme as the Church was itself undergoing a period of post-Reformation renewal that was supported and enriched by the expansion of its Irish born congregations. That first volume also included a number of localised studies on Bristol, York, Edinburgh and a comparative exposition of communal violence in Glasgow and Liverpool. The second Swift and Gilley volume entitled The Irish in Britain, 1815-1939 (1989) expanded the field of study and revised a number of the post-Jackson positions, while developing further the themes of settlement, segregation, integration, politics and political literary texts, as well as Irish migrants influences upon the labour-market and crime. The volume included one particular provincial essay on the town of Stafford.

Now the third Swift and Gilley volume expands this theme of local specificity in the migrant Irish experience, situating the emigrants within their regional economic, political and social contexts. Thus the volume underlines the heterogeneity of the Irish migrant experience and begins to pull away from the post-Jackson historical focus into areas and fields that are under researched. All three volumes include useful bibliographies.

Overall the new volume is a useful exposition of new research in the area that has been bolstered by recent monographs by scholars such as Paul Leary, Frank Neal and Donald MacRaild. A useful introduction by the editors is followed by Paul O'Leary's contribution an essay focused upon the mainly hostile reaction that Irish Great Famine migrants received in Wales. He emphasises the importance a strong sense of regional identity and the specific economic and political context in determining this reaction. O'Leary suggests that the regional study might be more useful that the historiographical micro-study of towns and cities that have dominated the field so far. An example of this new emphasis on the smaller Irish community and the importance of local context is presented by Louise Miskell's interesting account of the Irish in Cambourne Cornwall between 1861 and 1882. Her research challenges some of the historiographical assumptions stemming from the analysis of larger communities that concentrate on the poor, low-skilled, urban dwelling Irish. Miskell argues that the anti-Irish riot of 1882 was determined by the local context in peripheral Cornish society rather than a generic anti-Irishness. She also points briefly to the effect of local contexts in shaping residential patterns and challenges the idea of the 'Irish area' as a construction based as much upon local memory as ethnic clustering. She also points out the fact that the Irish were spread throughout the local economy and not just concentrated in the low-skill labouring sector. As such she presents important evidence of the heterogeneity of Irish experience in nineteenth century Britain as well as the salience of memory and the constructive discursive nature of ethno-geography in It's demotic and official resonances.

No regional study of the Irish in Britain would be complete without surveying London. Apart from one monograph published in the late 1970s by Lynn Hollen Lees, there has been little published work, so Jacqueline Turton's examination of the poor Irish in London utilising the work of Henry Mayhew's investigations for the Crónica de la mañana is long over due. The essay is a useful exposition of Mayhew's early form of methodologically problematic sociological oral history. The piece presents information on routes taken to London from Ireland , settlement, work and social conditions, crime, associational cultures and intolerance. There is much of interest within the essay, although a little weak on the role of prejudice and anti-Irishness, there are some interesting passages and conclusions.

Britain's second city has also been cruelly neglected in published studies. Carl Chinn's somewhat eclectic but worthy essay covers the Irish in early Victorian Birmingham. Empirically focused, his detailed analysis of the 1851 census covers the usual preoccupations of the economic and social historiography general demography and residence patterns, economic engagement of the migrant, the importance of kinship networks etc.. Although Chinn uses the idea of the "Irish community" somewhat loosely, this essay is the first to focus on the important industrial centre of Birmingham and as such is a welcome addition to the field that has so far been somewhat eclipsed by work on the North of Britain. Frank Neal's contributes another even more empirically detailed "work in progress" on Irish settlement in the North East and North West of England. Using his personal database of over 35000 records of the Irish born and their children, he also focuses on the 1851 census to extract a wealth of detail of the lives of Irish migrants in this area. Again the local economic context is fore-grounded in its influence upon settlement and work patterns. The wealth of information, statistics and tables will be of great use to historians and as his work progresses will undoubtedly become a valuable historical resource. Another detailed census study on Stafford is provided by John Herson who has been conducting research into the Irish population of this small town for some time, revealing another aspect of the settled Irish communities of the nineteenth century. Herson has extracted a large amount of detailed information much based upon following individual families. The chapter is especially useful for its inclusion of Protestant Irish. He is able for instance to show that Protestant Irish migrants were more skilled and therefore more affluent than their Catholic countrymen being overwhelmingly represented in skilled manual or managerial and professional employment. Along with Chinn, the reintroduction of the family network as important is another welcome divergence from the traditional historiography and a great deal of work awaits similar studies elsewhere.

Another strand within all three books is the important role played by the Catholic Church in relation to the majority of Irish migrants. Marie McClelland's contribution examines the role of the Church in providing education for Irish migrants in Hull and in particular the importance of Catholic Nuns. Her description of the history of Catholic education in the town maps the problems and successes of the Catholic institutions in establishing a reliable education for Catholic's in the face of some hostility from the local educational institutions and others. The focus of a secular role within the Church's functions was obviously important in the establishment and integration of the Irish Catholic community. Frank Boyce - somewhat at odds with the book's title - takes a look at the Irish Catholic community within the Liverpool docklands from the 19th century, concentrating to some extent on its disappearance from the 1950s to the present day. Utilising archival and oral sources he describes the community now lost and the importance the parish was in cementing group identity. This is a useful and sensitive narrative of the community and one senses almost a note of regret at its passing or rather transformation from a religious into a secular "community centre" focused society.

The political strand of the historiography is covered in three essays, one by John Belchem - ostensibly about the Liverpool Irish middle classes but more focused on the political engagement of the group. Belchem has done much work on the associational culture of the Irish ethnic enclave in Liverpool and declares a mission to rescue the community from "historical caricature and stigma". This essay builds upon his previous work, essentially engaging with the role of the middle class Irish in building an Irish nationalism as well as recording some of the ethnic entrepreneurs of the city. Belchem is quite correct to point out the overemphasis on poor Catholic migrants within the historiography, there was a notable middle-class Irish element in nineteenth century Britain that is only just coming to light as researchers begin to ask relevant questions. The neglect of the Irish middle classes is connected to the prejudices surrounding the Irish in Britain. Arguably within the British national discourse, the memory of the Irish is still that of an unskilled poor labourer with a drink problem and predisposed to violence. These prejudices have subliminally affected research agendas in the past. A second political essay is provided by John Hutchinson and Alan O'Day who examine the political tensions between the generations of Irish nationalists and "new" upwardly mobile section of middle class migrant more willing to form a new identity for Irishness based upon sport, literature and language in London of the 1890s. Also, Gerard Moran provides an interesting examination of Irish nationalist politics in Lancashire by examining the Brotherhood of Saint Patrick, "the first organisation after the Famine to organise the Irish into a movement focusing on Irish problems, not confining itself exclusively to political issues". This is an important area as the organisational networks of the Irish Diaspora have again been under researched. All of these essays in their own way add to the empirical knowledge that is the raw material of historical research and understanding, operating within a conventional social and economic historiography.

However, Mary Hickman in an important essay within the book argues for an alternative historiography for the Irish in Britain. Her inherently structuralist thesis disputes the segregationist/assimillationist model that characterises much of the literature, pointing out that the discourse focuses on the group itself and its relative "successes" or "failures" in relation to the host state/society without problematising the role that the receiving society poses to the migrant. Her critique censures the "inherent empiricism" of most historiography that produces a systematic exceptionalism from the sources, professional knowledge of which becomes a "substitute for thought". Hickman calls for a new approach that systematises the various factors of "race" ethnicity, class, religion, politics etc. to provide a new analysis of how Irish experiences in Britain were configured in relation to these factors. She is very critical of the assimilation model arguing that it disengages migrants from the structural factors such as class and access to employment, undervalues the role of "race" and ethnicity in determining class position and ignores the role the Irish played in the construction of a cross-class racist British nationalism. The role of the state is also transparent in much of the historiography according to Hickman, the particular articulation of which structures the institutional and cultural context of the receiving society. For Hickman, the Irish in Britain arrived at a crucial time of the British state's nation building project, a project that was concerned with constructing an idea of an homogenised and centralised state and culture. Irish Catholic peasants became within this context the defining "Other" from which a cross class "national-racial unit" was constructed, That is to say Englishness/Britishness. This unit was defined by Protestantism and the inculcation of "respectability", or in other words bourgeois values, into the working classes. Thus the new nineteenth century institutions of police, education, mass media etc. were involved in a nation building project part of which was the construction of a new political subject and thereby the state reconstructed its self and its hegemony. The Irish were problematised within this project and for Hickman the focus of attention for historians should be upon this historical context rather than the relative success or otherwise of Irish migrants integration strategies which has been the legacy of the current historiography. Hickman's thesis presents new challenges to historians in this area and opens up a potentially rich seam of a more cross disciplinary approach utilising some of the concepts and methodologies of sociology, cultural studies and law among others.

The construction of British and Irish national identities were crucial at this point in history, as was the need to shore up what was to become the ascendant economic and political configuration of Britain and elsewhere. Liberal democracy has told many stories about itself within the nation building project of Britain and one has been the idea of assimilation as positive acculturation rather than a negative ethnic suicide. One story that is lacking is how the Irish helped to define who was and was not Irish, English, Scottish, Welsh, Cornish, Manx and British. Lynda Colley's work in this area significantly skirts the role of the Irish and at best is a neglect of the facts. The role of continental and colonial people's was important, but if we are to focus on the role of religion on British identity then the Irish need to be taken seriously as the internal and external "Other" to British nationalism. In light of long term anti-Catholicism, medium term political and anti-colonial agitation at home and abroad as well as medium to short term tensions created by mass migration of impoverished peasants in the Great Famine period, the role of the Irish as a political, religious, ethnic and class antithesis to the bourgeois, freeborn, colonial Protestant Englishman becomes clear.

In conclusion, this new collection opens up some new areas for research within the established historiography with some strands emigrating away from the subaltern slant and numbers game. The shift towards the regional and small scale studies as well as middle class and family networks are to be welcomed as a rich source for future empirical work. The political and religious strands are still under researched and the essays included are important as are the mapping of Irish communities as yet untouched by study or published work. In the light of all the empirical work available and to be done, the introduction of a more theoretical element to the field is a welcome challenge. This said however, the book on the whole sticks closely to received wisdom and scarcely tries to challenge or push historiographical boundaries too far. When compared to other works such as Patrick O'Sullivan's diasporically and cross disciplinarian collections The Irish in the New Communities (6 volumes 1992) or Donald MacRaild's Culture, Conflict and Migration: The Irish in Victorian Cumbria (1998) and his excellent Irish Immigrants in Modern Britain, 1750-1922 (1999), this new volume feels a little too content with the received wisdoms of the field. This can suggest - incorrectly - that the past two decades of study on Irish migration and settlement in Britain has moved relatively little.

One stimulating area of research has been opened up by Hickman, however. As the oldest, most prolific and culturally integrated of migrants to the British isles in the modern period, the Irish communities and the reactions they provoked and coaxed from their resident neighbours and vice versa has much to tell us about issues of identity formation, ethnic and religious prejudice as well as nation building, the invention of traditions of ethnic memory and imagined communities at an important time in Britain's history. Many of the patterns of prejudice that the Irish experienced in nineteenth century Britain are remarkably consistent with modern expressions of racism and intolerance towards immigrants. Arguably, the notions of Irish and British are meaningless with out each other. Thus the study of this group in this period should be at the centre rather than the periphery of British history.


Victorian Period: Early & Late

The Period is often divided into two parts: the early Victorian Period (ending around 1870) and the late Victorian Period.

Writers associated with the early period are: Alfred, Lord Tennyson (1809–1892), Robert Browning (1812–1889), Elizabeth Barrett Browning (1806–1861), Emily Bronte (1818–1848), Matthew Arnold (1822–1888), Dante Gabriel Rossetti (1828–1882), Christina Rossetti (1830–1894), George Eliot (1819–1880), Anthony Trollope (1815–1882) and Charles Dickens (1812–1870).

Writers associated with the late Victorian Period include George Meredith (1828–1909), Gerard Manley Hopkins (1844–1889), Oscar Wilde (1856–1900), Thomas Hardy (1840–1928), Rudyard Kipling (1865–1936), A.E. Housman (1859–1936), and Robert Louis Stevenson (1850–1894).

While Tennyson and Browning represented pillars in Victorian poetry, Dickens and Eliot contributed to the development of the English novel. Perhaps the most quintessentially Victorian poetic works of the period are: Tennyson's "In Memorium" (1850), which mourns the loss of his friend. Henry James describes Eliot's "Middlemarch" (1872) as "organized, molded, balanced composition, gratifying the reader with the sense of design and construction."

It was a time of change, a time of great upheaval, but also a time of GREAT literature!


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